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martes, 22 de mayo de 2012

EL RINCON DE LOS VALORES EL DIÁLOGO





TODO O NADA.

Por allá por Culiacán en la época colonial había un camino cerca de una cañada por el que pasaban los comerciantes con su dinero. Unos pillos se enteraron de que pronto andaría por allí una recua de mulas cargadas con monedas de oro propiedad de la Iglesia para transportarlas a Durango.
Los delincuentes sorprendieron a los arrieros y se entabló una feroz lucha. Un fraile que iba en la caravana logró escapar con las mulas y puso el tesoro a salvo en una caverna oculta cuya entrada disfrazó. Los pillos dejaron medio muertos a los arrieros y buscaron al fraile. Éste se había alejado por un atajo y no lograron dar con él. Aunque registraron la zona tampoco encontraron el tesoro. Huyeron de allí planeando nuevos delitos pero no llegaron muy lejos pues los gendarmes, avisados por el fraile, los capturaron.
Al poco tiempo el fraile murió de viruela y se llevó consigo el secreto del tesoro… Pasaron los años… Una mañana un campesino que andaba con su rebaño cerca del lugar del asalto descubrió la entrada de la cueva y el fabuloso tesoro del interior. Sacó su morral y empezó a llenarlo de monedas pero de pronto oyó una voz ronca que le dijo “Tooooodo o naaaaada, tooooodo o naaaada”. Era el espíritu del fraile. Aterrado, el campesino salió corriendo y contó a sus amigos qué le había ocurrido.
Otros campesinos intentaron apropiarse del tesoro, pero ninguno pudo hacerlo por el temor que sentían al escuchar la voz. La historia llegó a oídos de un viejecillo indígena que anunció que él sí sabría entenderse con el fraile. Todos se burlaron de él.
El anciano se dirigió con sus mulas a la caverna del ahora llamado “Cerro del Fraile” y las estacionó a la entrada. Puso un petate en el suelo y sobre él, con gran esfuerzo, fue colocando las monedas. Entonces se escuchó la voz: “Tooooodo o naaaaada, tooooodo o naaaaada”. El anciano le dijo: “¿Por qué cuidas tanto este tesoro?”. “Porque es mío”, respondió el fraile. “¿Y de qué te sirve si tú ya no vives?” preguntó el anciano “¿o qué en el más allá hay carestía?”. “Pues pensándolo bien, no me sirve de nada”, explicó el fraile. El anciano le propuso: “Mira, qué te parece si llevo estas monedas a la parroquia de Durango, que era su destino original. Como compensación quiero quedarme con unas veinte para mí, si estás de acuerdo”. La voz del fraile permaneció en silencio unos minutos y luego explicó: “Mmm… Nadie me había propuesto algo así. Haz como dices. Lo mejor es que cuando te lleves el tesoro ahora sí voy a descansar para toda la eternidad.”
Sellaron su acuerdo con un chiflido de arrieros. El viejecillo llevó el tesoro a Durango y enterró sus veinte monedas en un lugar secreto. Al poco tiempo murió. Dicen que ahora espanta a quienes quieren encontrarlas.
—Adaptación de una leyenda tepehuana

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